
Un papel clavado en la yagruma.
Por:
Lázaro González Valdés, ex preso de conciencia.
Miami Agosto 20, 2010.
El mensaje del cardenal Ortega y sus seguidores es preciso. Se sienten
ofendidos porque casi 200 cubanos opuestos al comunismo se quejaron por
escrito de la rara manera en que la iglesia católica intercede por los
prisioneros políticos.
Tajantemente, en nota de prensa la curia diocesana deja en claro que la
queja de los opositores es de “contenido ofensivo para con la Iglesia en
Cuba” y revela “la indignación generada en un número de fieles católicos”
sin precisar la cantidad.
Es increíble la reacción de la iglesia sobre todo porque según la misma
fuente ella previó “que esta mediación podría ser interpretada de las más
disímiles maneras y provocar diversas reacciones”. ¿Por qué sentirse herida
por cumplimiento de su profecía?
Sin embargo el dolor del cura Ortega y seguidores podría estar situado donde
los firmantes de la queja a Benedicto XVI cuestionan: “Respetamos
las solicitudes de la iglesia para que cese el “bloqueo”, pero: ¿Por qué no
se pide también –públicamente- que termine el embargo que le tiene la
dictadura a todo el pueblo cubano?”.
Matemáticamente no es despreciable que 165 cubanos (se anuncian más firmas)
acusen a los católicos de darle al César lo suyo y lo que no es suyo, pues
de producirse el fenómeno de los números gigantes esos ciento y pico podrían
influir en la opinión de cientos de miles o tal vez de millones de personas
ocasionando graves pérdidas a un organismo dependiente de las recaudaciones
públicas.
Quizá por esto en su nota de prensa la iglesia insiste que su acción “no
se ha apoyado, ni se apoyará nunca, en tendencias políticas”
pero los hechos demuestran lo contrario porque siendo defensora
recalcitrante del levantamiento del embargo económico queda la iglesia
mezclada con la agenda política de la dictadura ratificando la falacia según
la cual las carencias del pueblo no son causadas por la opresión comunista,
sino por el enemigo externo que de forma paradójica más comercia con ella.
El viejo palero Cape le contó a Lydia Cabrera que “El perro de Mayombe va al
yagrumo con un cuchillo y un papel escrito con recado del brujo, y lo deja
clavado en el árbol con el cuchillo. El papel desaparece. El puñal queda
allí clavado. Susúndamba (la lechuza) lo recoge y lo lleva a quien va
dirigido” (El Monte / Editorial Letras Cubanas, 1989 / Página 660).
El recado del cardenal de Cuba podrá desaparecer con el olvido lógico del
paso generacional. De ahí proviene la aseveración de que las sociedades no
tienen memoria. Sin embargo historiadores y otros interesados podrán, por
medio de los documentos de la época, confirmar que el puñal católico fue
clavado en el árbol de la lucha por la libertad. Siempre quedará como
evidencia irrefutable el trazo de la cuchillada. Ese es el miedo del cura
Ortega. Por eso salió disparado de su trono hasta la redacción de Palabra
Nueva para salirle al paso a los opositores que cuestionan su procedimiento.
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