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Las huelgas de hambre, un arma de doble filo.
Por.Víctor
E Sánchez
Periodista Independiente
victorernestosanchez@ymail.com
SANTIAGO DE CUBA – 4 de marzo, 2010 – La huelga de hambre, es el recurso
supremo para demandar un derecho. Si con ella se trata de alcanzar un
propósito, entonces hay varios elementos que se tienen que tener cuentas,
para que la huelga no se convierta en un rotundo fracaso.
El propósito tiene que ser medible, medianamente posible y con una razón
moral, que comprometa la moral pública de todos los que de una forma u otra,
entren el juego de una verdadera huelga hambre. Además, esa razón moral es
la que empodera al demandante, para llevar la huelga a sus máximas
consecuencias. Todo huelguista debe tener voluntad de mártir, para soportar
el sufrimiento y los riesgos que una huelga de hambre demanda, más cuando
los síntomas de la muerte comiencen a aparecer.
Muchas veces he oído cuestionar la efectividad de las huelgas de hambre.
Incluso, qué si son un medio efectivo de propaganda contra el régimen
castrista. Todas las huelgas de hambre deben tener un propósito diferente,
porque deben hacerse bajo circunstancias muy bien determinadas. Si la huelga
no tiene la suficiente justificación moral, se desmorona la voluntad del o
los huelguistas. Y si se convierten en una rutina, pueden convertirse en un
arma de doble filo. La huelga de hambre no puede ser un show mediático, ni
un medio de propaganda. Las huelgas son efectivas si rompen el esquema de
medidas disciplinarias o castigo, lo que deja a los opresores sin sus
principales herramientas de fuerza o presión para amedrentar a sus víctimas.
Las víctimas pueden lograr en ocasiones, ciertas reivindicaciones, que sobre
pasan la voluntad política de sus victimarios.
La fuerza espiritual de un huelguista está en su convicción, cuando está
convencido que le asiste la razón moral, para lo que haces. No es justo,
que sus partidarios les menoscaben esa fuerza que tanto necesita, suficiente
ya tiene con enfrentar las campañas negativas y tendenciosas de sus
adversarios. Los huelguistas de principios y convicciones no abandonan una
huelga por recomendaciones de amigos, familiares o seguidores. Los
pronunciamientos y llamamientos públicos y privados para que los huelguistas
cambien su posición y depongan las huelgas, son contraproducentes y
negativos, favorecen los intereses de sus represores.
Me decía un ex preso político, que participó en varias huelgas de hambre,
que el tipo de huelga se determina de acuerdo a las circunstancias. En el
caso de las prisiones cubanas, si por una razón equis te llevan a una celda
de castigo, te quitan la ropa (te desnudan), o te llevan para un
destacamento hostil, que corra peligro, entonces la huelga debe ser general,
incluyendo de líquido, para revertir la situación. Solo así, las autoridades
se ven obligadas a sacarte del lugar, al menos para una enfermería.
Un análisis serio de las huelgas de hambre conduce a determinar el entorno
donde se realizan. No es igual una huelga de hambre en una prisión, que en
libertad, al menos física. No es que una sea diferente en si misma o marque
categorías sobre la otra, sino que la estrategia o comportamiento en una y
otra debe ser diferente.
Las huelgas de hambre, cuando se goza de libertad judicial, tienen
características diferentes a las realizadas en centros penitenciarios o sus
dependencias. Lo esencial, el huelguista no puede ser obligado por la fuerza
a recibir tratamiento alguno. No tiene que soportar directamente las
presiones de las autoridades y puede influir en la opinión pública, pues no
sufre el aislamiento oficial. En la decisión de una huelga de este tipo,
antes de comenzarse debe haberse llegado a un consenso familiar, que sirvan
de soporte a esa actitud, pues de lo contrario se convierten ellos en los
peores detractores de su huelga y hasta la pueden hacer fracasar. Los
servicios de inteligencia pueden jugar un papel muy activo en este proceso.
Las huelgas de hambre no se pueden hacer, ni se logran tiempos
significativos, cuando se hacen por embullo y compromiso, siempre aparece la
justificación precisa para desistir de ella. No se pueden hacer con el
propósito de asustar al guardia, (como decíamos en prisión) pues las
consecuencias y los signos son muy marcados, para fingir durante su proceso
y los profesionales de la salud lo diagnostican. También los servicios de
inteligencia infiltran a los huelguistas, documentan sus fraudes y
desmoralizan el esfuerzo que significa una huelga de hambre. No se pueden
cometer errores pasados.
El impacto que ha tenido el desenlace de la huelga de hambre que protagonizó
Orlando Zapata Tamayo puede despertar la solidaridad de unos y la motivación
de otros, pero eso no es suficiente para declararse en huelga de hambre,
debe definirse un propósito bien específico. El emplazamiento de Guillermo
Fariñas es muy correcto, solo que debe manejar el proceso inteligentemente.
No puede retardar los acontecimientos con hidrataciones excesivas, que le
prolonguen el sufrimiento. Sus comparecencias en los centros de salud deben
ser aprovechadas para redoblar su rebeldía y hacer del acto, una denuncia
pública.
Noticias recibidas desde el exterior e informe desde las mismas prisiones
relatan que varios presos se han declarado en huelgas de hambre y otros ya
han abandonado las mismas. Esto demuestra que no ha habido unidad
estratégica. No hay necesidad de inmolarse, pero sí de crear un estado de
conmoción nacional.
Las huelgas de hambre, como estrategia de lucha, tienen ciertos atributos
que son incomparables con otros métodos. Su repercusión es innegable y se
puede llevar a cabo por una sola persona, o sea, que no hay que llegar a
consenso o acuerdo para efectuarla. Además, la falta de autonomía de las
autoridades hace que el asunto ascienda por la cadena de mandos, que hacen
del problema, un asunto de todos. Y ningún funcionario quiere asumir la
responsabilidad de un desenlace fatal.
El ambiente político derivado de la muerte de Orlando Zapata Tamayo demanda
de acciones concretas. La decisión de Guillermo Fariñas es correcta y
entendible, pero la solidaridad no debe ser cuando el daño sea irreversible
y políticamente tardío. Si varios luchadores políticos con experiencia en
estos menesteres, como Jorge Luis García Pérez (Antúnez), los hermanos
Néstor y Rolando Rodríguez Lovaina, Francisco Herodes Díaz Echemendía, la
familia Sigler Amaya y muchos otros opositores ubicados en puntos
estratégicos de la nación, se declaran en huelga, la vida de Guillermo
Fariñas correrá menos riesgos. Si a esto se les suman campañas de apoyo por
los opositores en los distintos sitios públicos, incluyendo los diferentes
lugares donde se estén realizando las huelgas y los presos políticos en
diferentes prisiones, se complicaría el espectro represivo del régimen.
El exilio tiene que jugar un papel decisivo en esta etapa importante de la
lucha. La logística y recursos para la movilización interna, la divulgación
inmediata de los acontecimientos y la documentación de los mismos. En estos
momentos, si logra una movilización nacional, alrededor de estos
levantamientos cívicos, encabezados por las huelgas de hambre, se necesita
activar todos los teléfonos celulares de los opositores, que la mayoría
están fuera de servicio por falta de pago de sus cuentas telefónicas. El
exilio tiene la posibilidad, debido a sus recursos y contactos dentro de la
isla, de organizar esta protesta a nivel nacional. No son cosas que no se
puedan hacer, son cosas que se han hecho anteriormente, lo que de forma
aislada o individual, que no es lo mismo que una acción colectiva a nivel
nacional.
La mejor manera de salvar la vida de Guillermo Fariñas y de los que se
vayan sumando es si desde ahora nos lanzamos en una ofensiva, trazando las
pautas nosotros. Sabemos que el régimen como primera medida va a dar
libertad extrapenal, a algunos presos de los que tienen mayor
comprometimiento de salud, para desmovilizar a la oposición, pero aunque sea
una pequeña victoria, estimula para continuar la lucha.
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