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La rebelión de los
pequeños.
Por:Yoani Sánchez
, Filóloga y bloguera cubana.
Mayo, 5, 2010.
Los héroes no son -como nos quieren hacer creer-
esos que siempre quedan bien en las fotos y tienen biografías repletas de
supuestas hazañas. Cualquiera se convierte en protagonista de una época sin
quererlo y provoca un punto de inflexión en la caprichosa historia desde un
rostro anodino, unas manos temblorosas o una voz impresentable para las
tribunas. Lo ocurrido en las últimas semanas en Cuba confirma cuán
prescindibles son los salvadores carismáticos si las diminutas personas de
una sociedad se deciden a no esperar por ellos. El hormiguero que componen
los inconformes parece haber entrado en ebullición en esta isla y -lo más
novedoso- ya no bastan las represalias y los castigos para calmarlo. La
rebelión de los pequeños mina un sistema hecho a lo grande, destiñe un
proceso político que ha querido mostrarse durante cinco décadas con los
colores encendidos de la utopía.
Es cierto que las calles de nuestras ciudades no se ven llenas de
manifestantes con carteles, pero tras las persianas de las casas los
susurros de insatisfacción han crecido varios decibelios. Son esos
seres anónimos quienes con un mohín de desagrado, un aplauso sin la energía
de antaño y un comentario ácido sobre el curso de la situación están
horadando un poder afincado en la inercia y el miedo. Algunas de estas
expresiones de desilusión ganan también el espacio de las aceras, las
oficinas, los viejos autos colectivos en los que una parte de la población
se transporta. Las razones para tanta frustración radican no sólo en la
gravedad de los problemas cotidianos, sino en la falta de expectativas para
solucionarlos. Los cubanos estamos sumidos en la ineficiencia estatal, en
una crisis económica ya crónica y en la falta de transparencia con el manejo
de los recursos públicos. El soborno se ha instituido como método para
saltarse las trabas burocráticas y la corrupción ha hecho metástasis en
todas las esferas de la sociedad. A nuestro lado campean libremente el
nepotismo, el beneplácito popular al mercado negro, la pérdida de confianza
en las instituciones y el llamado «sociolismo» que crea una red infinita de
favores y compromisos.
El deterioro progresivo ha desengañado incluso a quienes hace un par de años
presenciaron ilusionados el ascenso de Raúl Castro a la presidencia.
Apostaban por el hermano menor como la figura capaz de insuflar pragmatismo
y eficiencia a un sistema sostenido sobre prohibiciones absurdas, excesivos
controles y una inoperante estatalización. Para muchos de estos convencidos
raulistas, la indecisa y torpe gestión del General les ha llevado a concluir
que la revolución, el proceso, esto, o como cada cual quiera llamarle,
consumió hace décadas su combustible inicial y agotó cualquier vestigio de
iniciativa renovadora. Los nombres de quienes hasta hace poco aplaudían y
prestaban su prestigio para sostener el status quo han comenzado a ser
asociados con la crítica y la decepción. La revuelta de los propios, podría
llamársele, si no fuera porque nos queda la duda de si algún día realmente
creyeron en lo que decían.
La lenta pero creciente insubordinación de los individuos ha cobrado
más fuerza entre los sectores opositores y críticos al Gobierno. Desde
finales de febrero el descontento alcanzó niveles difíciles de manejar por
la Policía política a raíz de la muerte de Orlando Zapata Tamayo. El
lamentable deceso de este holguinero de 42 años ha funcionado como un
elemento aglutinador de los inconformes, como el punto de confluencia que
tanto habían tardado en encontrar los disidentes. Con el recrudecimiento de
los mítines de repudio contra las pacíficas Damas de Blanco, las detenciones
arbitrarias y la intolerancia del discurso político, quedó al descubierto la
desesperación de las autoridades, que han optado por reactivar los oxidados
mecanismos de la coacción. A los trabajadores y estudiantes se les
distribuyen orientaciones para enfrentar actos contra el proceso
revolucionario y a los militantes del partido comunista se les previene de
posibles agresiones internas y externas. Este reforzamiento de la
agresividad y de la violencia contra el que piensa diferente apunta a un
nerviosismo institucional de impredecibles consecuencias. En lugar de
aperturas económicas y políticas, Raúl Castro ha seleccionado las trincheras
ideológicas para mantener el poder.
En la arena internacional muchas voces han pasado de la loa al insulto, del
silencio a la crítica contra el Gobierno cubano. La rebelión de los
ciudadanos tiene así varias orillas desde las que miles de dedos señalan a
una gerontocracia enfundada en verdeolivo. Una campaña condenando la muerte
de Orlando Zapata Tamayo y exigiendo la liberación de los presos políticos
ha obtenido más de 50.000 firmas, mientras la Plataforma por Cuba agrupa a
decenas de rostros de la intelectualidad española en un enérgico llamamiento
a poner fin a una dictadura «feroz y dolorosa». Las muestras de solidaridad
nacen no sólo de los individuos -héroes de esta jornada-, sino que cobran
cuerpo en instituciones, parlamentos y organismos internacionales. Cuba es
hoy no sólo la preocupación de sus habitantes y de sus exiliados, sino tema
también de eventos -a la manera del organizado en estos días por la FAES-
que convergen en la necesidad de que la isla discurra hacia la
democratización y lo haga de la manera menos traumática para sus
habitantes.
Aunque la historia se mueve a su ritmo -desesperante para muchos-, una
rebelión de los pequeños, de los inconformes y los segregados, intenta darle
hoy un nuevo compás en esta isla. El hombre que enflaquece sin probar comida
sobre la cama de un hospital, la mujer vestida de blanco que recorre las
calles con un gladiolo o el académico que echa a circular un correo
electrónico con sus críticas son los héroes de este momento. A sus rostros
quizá no se les da bien el encuadre de una foto, sus voces desafinan frente
al micrófono y el estremecimiento sacude sus manos cuando están en público,
pero sin dudas son los protagonistas del cambio en Cuba. Diminutas hormigas
que están horadando desde abajo un muro que ha tardado cincuenta años en
levantarse.
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