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La lección
de la Quinta Cumbre.
Por:
Prof. Jose Arias. Abril 20, 2009
Hoy habrá en los medios de
comunicación alrededor del mundo, un sinnúmero de análisis sobre los
resultados de la “Quinta Cumbre de las Américas”,recién celebrada en
Trinidad y Tobago. La Cobertura ha sido más amplia porque existía la
interrogante acerca de cómo reaccionaría el gobierno norteamericano a través
de la presencia allí de su primer presidente negro. Debo decir que aunque el
elemento racial no tiene, al menos en mi caso, importancia alguna; para
muchos otros analistas, sobre todo fuera de los Estados Unidos, era parte
del atractivo.
Desde el punto de vista de mi nacionalidad –soy cubano- es importante
comenzar aludiendo al tema. He manifestado en anteriores análisis el
criterio de que lo peor que ha podido sucederle al régimen de los Castro, es
que los estadounidenses hayan elegido un afroamericano como mandatario y que
éste, además, fuese el candidato del partido demócrata. Para la balconada
internacional victimizada por la demagogia secular ejercida por el
castrismo, la versión antirrepublicana, afín con la granjeada oposición a
ese partido y vinculada a razones conocidas, pero que no viene al caso
mencionar ahora; debió ser la más utilizada. Pero la realidad es bien
diferente: de haber triunfado el republicanismo, el atrincheramiento de los
Castro tendría ahora, al menos desde su propio punto de vista, plena
justificación como de costumbre.
Cuba es actualmente un país mayoritariamente negro y mestizo; entre ambos
sectores raciales se conforma mas del 67% de su población de casi 12
millones de habitantes, no creo que sería aventurado alegar que Barack Obama
es hoy en ese país el presidente norteamericano que ha podido disfrutar de
una mayor popularidad a contrapelo de lo que hubiesen deseado sus seculares
gobernantes. Por razones obvias, el argumento racista por añadidura;
reforzado durante años por Fidel Castro y sus seguidores sobre el sombrío
papel de los negros en la sociedad norteamericana, se derrumba y a mi modo
de ver, es ahí justamente donde comienza a desnudarse la futilidad del
argumento cubano.
Otros demócratas que han ocupado la presidencia con anterioridad y cuya
gestión ha sido discutida a posteriori han estado más cerca del “statu quo”
y la norma social y política prevaleciente en los Estados Unidos. De tal
suerte, siempre ha existido un asidero para justificar el enfrentamiento por
parte de Cuba. Pero el importante elemento presentado, no es el único.
Tocaría abordar el argumento generacional que comienza a darle cuerpo a una
dinámica diferente.
Cincuenta años es demasiado tiempo y la cadencia generacional altera el
sentido de apreciación de la Historia, la que según Obama, ha de ser
importante pero de la que no podemos convertirnos en rehenes. Todos los
argumentos que han sido analizados con anterioridad dentro de los parámetros
del actual esquema cubano en este sentido, ponen en evidencia que el refrán
que reza: a palabras necias oídos sordos es allí, en Cuba, algo más que un
refrán. La gerontocracia es norma impuesta desde arriba y aunque haya un
absoluto divorcio entre gerontes y lo que ellos agrupan bajo el difuso y
sobreseído apelativo de “masas”; la “generación Y” busca alternativas
acordes con su tiempo. El Internet, y la revolución de las comunicaciones en
general, no constituyen algo tan fácil de obviar y la cefalea política que
producen es como la ocasionada por un gran tumor cerebral en un cuerpo
político moribundo.
Los sempiternos descreídos y los inveterados militantes de la desesperanza
castrista, que no pocas veces coinciden; volverán a argumentar sobre el
inmovilismo político de Fidel Castro. Es cierto, acaba de llegar la
respuesta del gobernante –el único real mientras esté allí en el reducto que
le sirve de refugio- con el irreflexivo formato que él ha dado en llamar
“reflexiones”. Hoy un periodista se refería a ésta última como “el edicto
real”, me pareció simpático, pero gráfico y sentencioso a la vez. No es
casual que no diga casi nada y que para matizar su contenido incluya
íntegramente la infausta perorata del discurso mas anodino de la cumbre; el
de Daniel Ortega. Al final habla de lecciones de ética y de ríspidas
evasivas del presidente Obama para no dar solución al asunto del bloqueo
(sic.). Todo analista que ha seguido de cerca esta problemática está de
acuerdo en colegir que sin el embargo, los argumentos persistentes
terminarían de caer, pero la interrogante sigue siendo: ¿y después de ello
qué?.
La consiguiente alternativa en este juego de ajedrez político debe ser la de
observar como se mueve la proyección de la opinión pública del país y sobre
todo como aprecia la comunidad internacional ese movimiento. Parecería
imposible determinar exactamente lo primero en medio de la censura y la
deformación permanente de la realidad, pero no lo es tanto cuando a priori
se evidencia una ausencia de criterios, inclusive entre los escribanos del
régimen. Castro ha tomado el control y ha determinado, dada la importancia
de la coyuntura, que esto es de su única incumbencia; aún el presidente en
funciones, su hermano Raúl –que tiene una tendencia insoluble al error- debe
callar cuando Fidel opina. El General-presidente, vivamente encolerizado
durante la “cumbre del Alba” una vez más ha tenido que conformarse con su
papel de mal vocero al exterior y presidente mudo al interior de Cuba.
Habría un tercer elemento de vital importancia en éste análisis y que está
relacionado con el cambio en la correlación política de las fuerzas que se
han movido en torno a la actitud norteamericana representada por Obama. Solo
horas antes, Chávez, creador y vocero principal del Alba hablaba de preparar
“una fuerte artillería” para enfrentar al imperio (sic). Allí con sus
atuendos de fatiga azuzaban la cólera de los más incautos en torno a la idea
del radicalismo revolucionario. Al día siguiente la realidad, gráficamente
testimoniada, era una bien distinta: el mismo Chávez dándose la mano con
Obama y haciéndole entrega de uno de los manuales mas conocidos de los
“perfectos idiotas latinoamericanos” el texto de E. Galeano, al que me he
referido tantas veces en ocasiones anteriores: Las Venas Abiertas de América
Latina. Quizás hubiese resultado simpático que recibiera a su vez, de manos
de Obama, el ensayo del venezolano Carlos Rangel: Del Buen Salvaje al Buen
Revolucionario; pero la sorpresa funcionó a favor de Chávez y a pesar de
todo el norteamericano no hubiese jugado en ese terreno.
Lo cierto es que la apreciación general de la política norteamericana,
secuestrada durante los últimos años por el acápite del terrorismo y las
guerras para contenerlo o limitarlo, enterraron la relación con América
Latina y los países de la cuenca del Caribe de habla inglesa y Haití,
totalmente. En pocos días antes de celebrarse la Cumbre, la diplomacia
norteamericana empezó a mover fichas y, Cuba incluida, una nueva perspectiva
sentó la pauta para el discurso de Obama ante los congregados. El resultado
ha sido la imposibilidad de los presidentes de desentenderse de los
ofrecimientos al pié de la palabra, que ni son argumentos demagógicos ni
tampoco imposibles. No es casual que las miradas de mayor desconfianza
procedieran de Evo Morales y Daniel Ortega, mientras los más sagaces: Chávez
y Correa trataran de congraciarse. Por otro lado, y no precisamente desde
allí, el ausente Castro observaría con desdén las payasadas de su amigo el
venezolano, de quien para su desgracia no puede prescindir.
Si después de analizar los argumentos anteriores queremos concluir que la
importancia del nuevo enfoque de la política norteamericana hacia América
del Sur y el Caribe es difuso y comprometedor, tendríamos que optar por la
alternativa anterior del desentendimiento, o la diplomacia de las cañoneras
y de los tiempos del “big stick”; cuando la expansión imperialista era un
fenómeno necesario e históricamente justificado de parte de los Estados
Unidos frente a la pujanza de los modernos imperios coloniales que alentaban
sus malos hábitos desde los países europeos, necesitados de fuentes de
materias primas y esferas de influencia para catapultar sus economías. Lo
que fue una política exitosa para Teodoro Roosevelt, no debió serlo, sin
embargo, para Franklin Delano, aún menos para J.F.Kennedy y menos para Obama
en los albores del Siglo XXI. Se trata de la confrontación entre la
movilidad y el estaticismo, de tratar de contrarrestar el ostracismo de
quienes creen en la predominancia de las ideologías como promesas de versión
eternizables, con la inteligencia y la operatividad de los avatares de la
modernidad, sabiamente empleados. La única verdad absoluta de la Historia es
muy simple: los tiempos siempre habrán de colocarnos ante alternativas
diferentes. Sería fatal navegar contracorriente.
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