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La indecencia de las masas.
Por: Alberto Gutiérrez Barbero.

No he derramado una lágrima por Muamar el Gadafi. Sin embargo rechazo categóricamente su asesinato y la manera como lo convirtieron en un repentino trofeo dentro de un frigorífico para satisfacer la morbosa curiosidad y las bajas pasiones de muchos de sus oponentes. No puedo pasar por alto la larga línea que ignorando las reglas elementales de la religión musulmana pacientemente esperó para observar y hasta para tomarse una foto con el cuerpo del dictador libio ya hecho objeto. Y lo cierto es que siento asco.

Entiendo perfectamente que Gadafi tenía que responder por sus desmanes, pero no aplaudo que fuera el blanco de una salvajada que se ha visto en las cuatro esquinas del mundo gracias a la moderna tecnología de las comunicaciones. Eso no es justicia, es solo una de las tantas indecentes reacciones de las masas, las mismas que en otros momentos no tienen a menos apoyar lo que no debieran.

Quizás durante el siglo XX uno de los ejemplos más típicos sea el de Benito Mussolini. En 1945 el "Ducce" ya en declinación luego de haber sido adulado por el pueblo italiano por años, fue ejecutado por un grupo de guerrilleros comunistas y para satisfacción de muchos su cadáver junto al de su amante terminó golpeado, escupido, apedreado y colgado por los pies en una gasolinera de Milán. Y de Cuba no puedo olvidar el ambiente festivo de las masas en 1959 pidiendo paredón mientras la orgía de sangre era el diario acontecer al compás de "Gracias Fidel"

Nadie más que yo desea un final de la tiranía castrista, pero por seguro llegado el momento me opondría a que ninguno de los asesinos y ladrones que ha hundido a Cuba fuera el blanco de semejante proceder. Eso sería una repetición de la indecencia que hace cinco décadas tuvo lugar entre el pueblo cubano.

 

 


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