
El
sindrome de la monotonia.
Por: Prof.
José A.
Arias.
Tomado de: http://collagecubano.blogspot.com/
Comenzaré por
hacer una especie de descargo, eso que aquí se conoce como un “disclaimer” y
aunque en este caso no sirva de mucho, lo considero necesario.
El tema es
espinoso, pero no por ello hay que dejarlo de lado. Al final debemos
ajustarnos a las críticas y ser receptivos a las sugerencias; sólo que no se
trata de criticar por criticar, en mi caso lo escucho todo pero me atengo a
aquello de que sólo quien puede y no quien quiere, debe ser tenido en
cuenta.
Tengo que
confesar que no me siento cómodo en el terreno de los dimes y diretes, no es
lo mío. Prefiero, como saben los que me conocen, el análisis serio y en lo
que me sea dable, profundo de los temas; hay, sin embargo, en lo que voy a
tratar, un argumento de análisis importante.
Cada vez que
pienso en el tema de la libertad de expresión acuden desde mi memoria
algunas imágenes muy gráficas; la primera de Juan Miguel, el padre de Elián
González parado en el balcón de la casa donde se hospedó durante su estancia
en Washington D.C. al socaire del episodio del que su hijo fue protagonista,
y cómo, mientras contestaba preguntas a los periodistas, respondió a uno de
ellos levantando el dedo del medio y sin palabras asumiendo una actitud
además de grosera, desafiante.
Otra, en el
reverso de la moneda, la de Ricardo Alarcón el presidente de la Asamblea
Nacional del Poder Popular en Cuba, cuando cruzado de brazos escuchaba a
Fidel Castro dirigiéndose a los congregados del cónclave asambleístico a
solo uno pasos delante de él; que se encontraba detrás y con los brazos
cruzados. Al momento en que Castro por una suerte de casualidad se refirió a
que nadie debía permanecer con los brazos cruzados, el sujeto de referencia
se apresuró a descruzarlos y con un rictus de nerviosismo en el rostro casi
asume la posición de atención.
Estos detalles
que a veces parecen carecer de importancia marcan la diferencia y definen
respectivamente las características funcionales de cada sociedad. En el
primer caso nos demuestra lo rápido y ostensible que se hace el uso de la
libertad cuando no es coartada y hasta puede llegar a ser denigrada por un
imberbe como el de referencia; en el segundo es óbice de un maniqueísmo
injustificado, pero real, que no permite vacilaciones ni equívocos. Es la
distorsión del término libertad amparada bajo una ley capaz de sancionar a
alguien por “desacato a la autoridad del Comandante en Jefe” figura
delictiva incluida en la constitución vigente en el país.
Recuerdo que
hace algunos años, allá por los 80, un joven se puso en pié y enarboló un
cartel en el que se podía leer: “Abajo Fidel”, el hecho sucedió en el
Coliseo de la Ciudad Deportiva, durante la celebración de un campeonato
mundial de boxeo amateur. Por el revuelo que el incidente provocó y debido a
la presencia de la prensa internacional, el hecho trascendió y después se
supo que aquel joven fue tildado de loco y recluido en el hospital de
dementes de Mazorra, el mismo en que durante el invierno pasado se produjo
el escándalo de los muertos por frío e inanición.
Durante la
visita del Papa Juan Pablo II a la Isla y mientras se producía la
celebración de la eucaristía y la correspondiente homilía en la plaza José
Martí, una decidida y valiente joven asumió la misma actitud levantando un
cartel con similar leyenda. Sin dilación fue detenida, introducida por dos
“enfermeros” de la Cruz Roja Cubana en una furgoneta y sacada del lugar sin
consecuencias. Aunque en este caso nunca se supo el destino de esta valiente
compatriota, no creo que pueda ser difícil imaginarlo. En un régimen como
el cubano los entuertos que separan la protesta cívica de la locura como
patología son inexistentes. Bien decía el genial Guillermo Cabrera
Infante: no se puede hablar de delirio de persecución en Cuba donde la
persecución es un delirio.
En estos casos
que constituyen una simple muestra aleatoria de la realidad, hay una
evidencia irrefutable: la diferencia entre el ejercicio de la libertad como
derecho de los seres humanos y la carencia total de ella donde al concepto
se le endilga un significado demagógico, malsano e irreal desde el poder y
a través del ejercicio del mismo.
Me gustaría
pensar que ni la historia ni el tiempo transcurren en vano, pero se me hace
difícil. Hay una inhibición por monotonía muy perjudicial en la que se ha
ido anclando el éxito temporal de nuestros enemigos para permitirles
enquistarse en el poder sin una sola razón válida. El fenómeno de la
disidencia en Cuba, que según escuchamos los que nos vemos obligados a
vivirlo desde otras latitudes, se ha amplificado; pero el hiato necesario
que sea capaz de vincular el crecimiento referido con la población no se
materializa y eso, hasta ahora, ha hecho la diferencia con relación a otros
casos con los que se compara el nuestro y que suelen usarse como referente.
Tratemos de
visualizar que en medio de estos hechos a los que me referí, desenvueltos de
manera espontánea y convocados por las propias autoridades, se hubiera
desatado una protesta colectiva y un simple desacuerdo entre los testigos de
lo sucedido. Aunque es pueril imaginarlo, tampoco es imposible; los
congregados en el mitin que desencadenó la captura y posterior ejecución del
matrimonio Ceausescu en Rumania debieron haber sido tamizados, así como los
uniformados que se negaron a disparar al pueblo congregado, convirtiéndose
en hacedores de la captura y posterior ejecución del dictador y su mujer.
Opiniones muy
respetadas han hecho referencia a las masivas olas de protesta en Europa
Oriental que terminaron con la demolición a martillazos del odiado y odioso
muro berlinés. El sindicalismo no oficial polaco nacido en Gdansk y con
Walesa al frente, respaldado por amplios sectores populares y de la iglesia
católica, trajeron como consecuencia la dimisión de Jaruselski. En Cuba
hasta donde sé, la disidencia convoca actos de protesta, protagoniza eventos
ampliamente difundidos por la prensa internacional, las Damas de Blanco
marchan todos los domingos en abierto desafío al régimen pero la población
observa inmóvil e impávida como las reprimen.
Nacionalmente
se han organizado proyectos para promover cambios. Según sabemos miles de
firmas han sido recogidas para garantizar siquiera la viabilidad de los
mismos aún dentro de las normas vigentes y amparadas por el estado. ¿Qué
otro argumento existe, además del consabido alegato al terror, para evitar
que los firmantes salgan del anonimato? La respuesta a ésta y otras muchas
preguntas sigue siendo aún esperada por muchos, cubanos o no. Si como se
sabe, todos los factores que atenazan la vida de los nuestros están
presentes en el escenario nacional, ¿Dónde radica el freno a la acción
inmediata como algo que debería ser su lógico resultado?
No nos
apuremos a tratar de encontrar en argumentos teóricos desusados respuestas
vacuas e intrascendentes. Aquello de “condiciones subjetivas y objetivas” me
resulta conocido aunque no por ello pueda afirmarse que no están
sobradamente dadas entre nuestros compatriotas. A estas alturas de la
cuestión teorizar no es la respuesta y mientras la protesta, el acto de
desacato colectivo, así como el abierto desafío a la autoridad caduca e
inmoral de un grupo de ancianos que ejercen el poder en usufructo no se
manifieste, seguiremos siendo testigos de cómo, haciendo uso de la libertad
y en nombre de ella, otros tipos como Juan Miguel, nos seguirán sacando el
dedo.
NOTA.- Los dos hechos
referidos –el de Juan Miguel y el de Alarcón- pueden ser encontrados entre
archivos de video en sitios como Youtube o Yahoo si se desea realizar la
búsqueda. En ambos casos se trató de eventos noticiosos difundidos
internacionalmente en la prensa televisiva.
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