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Dos iglesias.
Por:José
Alberto Álvarez Bravo.
Periodista Independiente Cuba.
A pesar de lo distante en el tiempo, cabe suponer que
cuando Pedro edificó la iglesia, estaba muy lejos de prever que ésta se
diversificaría hasta casi convertirse en una para cada país, en dependencia
de la personalidad y criterios de sus respectivos jefes. Como confirmación a
este aserto puede mencionarse las actitudes, ante sus gobiernos, de la
iglesia católica cubana y la venezolana, y en particular de sus cardenales,
Jaime Ortega Alamino y Jorge Urosa Savino.
Mientras el venezolano no ha titubeado en defender los
postulados básicos de la libertad y la democracia en su país, desafiando a
quien, desde el poder y aprovechándose de la flexibilidad de la
institucionalidad democrática, maniobra para convertirse en dictador
vitalicio, el cubano ha terminado plegándose a quienes detentan en la isla
un poder autocrático, atemporal, omnímodo e inconsulto.
De sorprendente puede catalogarse la diferenciada
conducta de uno y otro cardenal. Mientras Urosa Savino osó desafiar la ira
del aventajado discípulo de los Castro, declarando con ejemplar valentía que
el chavismo está avanzando hacia un estado marxista-comunista, Ortega
Alamino se prosternó ante los verdugos de la libertad de Cuba para ayudarles
a quebrantar la determinación de los presos políticos de no aceptar la
conmutación del encierro por la expatriación.
Con alegría y satisfacción hemos conocido el
pronunciamiento de los obispos Diego Padrón, Luís A. Tineo y Freddy
Fuenmayor, en el que lanzan un llamado al presidente Hugo Chávez para que
rechace la Ley Habilitante, recurso legal que le confiere más poder del que
ya detenta este ambicioso personaje. En cambio, hemos sabido, mediante
declaración directa de Laura Poyán, de la vergonzosa disposición del señor
Ortega a tratar de convencer a Pedro Arguelles Moran –y, como lógica
suposición, a los demás presos políticos- para que abandone la cárcel,
aceptando en su lugar el ominoso destierro.
Sólo el temor a resultar irreverente, -y a causar un
indeseado perjuicio al fraterno pueblo venezolano- me impide solicitar al
Papa Benedicto XVI un intercambio de cardenales. Si dependiera de mi voto
particular, de inmediato enviaría a Caracas –o al Vaticano- al
castro-complaciente Ortega Alamino y, con gusto, recibiría en Boyeros y
besaría la mano de su valeroso homólogo venezolano.
Mientras, me pregunto con estupor cómo puede, un mismo
tronco, alimentar dos ramas tan diferentes.
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