
Cuba y la perspectiva de la inmediatez.
Por: Prof.José
A. Arias..
Mayo, 22 2011.
http://collagecubano.blogspot.com/
Conversaba recientemente con un amigo sobre los matices que está tomando la
situación cubana tras la celebración del VI Congreso del partido comunista
en Cuba. Algunas de las ideas y análisis que expondré a continuación
matizaron nuestro diálogo y en muchos aspectos estuvimos de acuerdo.
Las conclusiones que se pueden sacar, que no tienen mucho de novedosas, son
las que sin equívoco alguno se han planteado: a saber, que existe una total
imposibilidad de que se generen cambios cualitativamente reales y
beneficiosos para la población a corto plazo, aún dentro de los exhaustos
cánones prevalecientes en el país.
El otro aspecto evidente resulta la permanencia de las mismas personas en
las altas esferas de lo que festinadamente pudiera reconocerse como la “vida
política nacional”. Con un promedio de edad de 69 años entre los miembros
del comité central y el buró político y, donde los más ancianos ocupan los
cargos más importantes, creo que es justo y acertado definir ese gobierno
como una gerontocracia –no es la aplicación a priori de un sustantivo- en la
cual predomina un “consejo de ancianos”.
El problema resulta que el consejo de ancianos no se ve a sí mismo como
sustituible, aunque se sabe que los efectos del almanaque y la biología son
inevitables. Es precisamente en ese aspecto donde se puede apreciar algo
novedoso en la estrategia a seguir a mediano y largo plazo y que entre este
grupo de personas se ve como algo capaz de ser eternizado.
La observación y el conocimiento de la intríngulis del entramado
político-familiar que ha prevalecido en el país durante los últimos 52 años
me induce a pensar que si bien Fidel Castro encarnó al caudillo que alguna
vez muchos adoraron, los avatares de su ambiguo carácter y su retorcida
personalidad no le permitieron ver, y menos crear una posibilidad de
sucesión aún entre su propia descendencia. La familia de Castro es a todas
luces una familia disfuncional, afectada por las descompensaciones
psicológicas que su propio patriarca le ha infringido; que todo el mundo
conoce y que no viene al caso evaluar ahora.
En cambio Raúl Castro, cuya oscura vida política a la sombra de su hermano,
y eterno segundón en todas las instancias; parece haber invertido una parte
importante de su tiempo en crear una agrupación familiar con características
muy diferentes a la de su hermano mayor. Digamos que a instancias de un
mecanismo compensatorio y de defensa, los hijos del actual “presidente”
tienen una preparación intelectual más sólida, han vivido sujetos a una
disciplina familiar más loable en términos de las relaciones
padre-hijos-hermanos y eso les ha llevado a crear relaciones personales más
estables y duraderas. De ahí que los que han logrado integrar la familia
Castro-Espín, estén libando a plenitud y sin obstáculos ni riesgos, las
“mieles del poder”.
Ya algunos analistas se han percatado del significado que lo anterior puede
tener. A saber, los históricos resultan insustituibles mientras el tiempo y
sus facultades se lo permitan pero se hayan dentro e incorporados, los
sustitutos potenciales que desde posiciones claves y bajo denominativos muy
sui generis tratándose de un sistema como el cubano, se encuentran actuando
al frente de proyectos económicos, militares e ideológicos. La herencia del
poder es lo más importante que estos señores le pueden ofrecer a sus deudos
y eso es, precisamente, lo que los cubanos tenemos que evitar. La acción de
Raúl Castro es evidente, y no apunta en otro sentido.
Defenestrado (en medio de cierta discreción coyuntural) Abel Prieto, no
queda del grupo de individuos con edades que se ubican dentro de
generaciones previas, ninguno entre los poderosos que no sea familia de Raúl
Castro, que sin vergüenza y en acto de nepotismo gubernamental sin
precedentes, ha puesto allí a sus hijos, sus yernos, sus nietos; lo que el
mayor de los Castro no pudo lograr parece estarlo logrando su hermano:
transferir esa especie de pseudogenética moncadista a los de su propia
familia. Esto ha de resultar preocupante y no ha de tomarse como algo
vinculado a las argucias y las superficialidades del poder. Corea del Norte
y la China post Mao son referentes de muy mal agüero. Sé que la
idiosincrasia oriental constituye una real diferencia, pero la nuestra no
nos ayuda demasiado. Como he dicho alguna vez, le temo a la festinación de
nuestro carácter y a la inmediata y superficial condición de nuestras
conclusiones.
Frente al argumento analizado se manifiesta otro de no menor importancia y
con el cual se halla relacionado de manera directa. Es hora de que se
empiece a encarar el papel de disidentes y opositores más allá de la poca
trascendente actividad focalmente apreciable. También en política suelen
evidenciarse los efectos de la acción y la reacción y creo que a
consecuencia del semisecular control del estado cubano sobre la información
y de cierta confusión conceptual que la defensa de los derechos humanos
representa, la reacción de quienes acometen su defensa se produce en
ocasiones con la evidencia de cierto infantilismo político. En periodismo,
por ejemplo, la prueba documental específica tiene que ser argumento para
la crónica pretendida, de no ser así sólo se accede a un rompecabezas en el
que siempre faltaran algunas piezas; es ello lo que deja sin respuesta
muchas de algunas de las informaciones que solemos recibir.
Todo lo que se ha hecho y se haga dentro de Cuba y que demuestre una
manifestación de inconformidad, no es sólo valiente y respetable; también
debe ser apoyado. Digamos que ese apoyo tiene que ser directamente
proporcional al hostigamiento que el régimen lleva a cabo; pero todo tiene
su tiempo y una oposición que se precie de estar organizada –no digo unida-
tiene que ir quemando etapas en su desarrollo. Es en éste particular aspecto
del problema donde no logro encontrar una respuesta estructurada y
consecuente.
Aunque sería muy recomendable que desde la diversidad de criterio que
caracteriza el ejercicio de la democracia, se pudiera lograr cierta unidad
de acción, no es ni siquiera necesario que así sea. Para mí hay algunas
preguntas que aún quedan sin respuesta y cuyas alternativas me gustaría
conocer:
¿Por qué al interior de la sociedad y en el país muchas personas no conocen
quiénes son las figuras prominentes de la disidencia y la oposición?
¿Por qué estas personas –los disidentes y opositores- pueden proyectar su
imagen al exterior con relativa facilidad y no hacia dentro?
¿Cuáles son los ejemplos concretos a través de los cuales se hace posible
explicar a las personas en el país los propósitos que tendría el
establecimiento de un sistema democrático?
¿Dónde se evidencia la solidez y la argumentación intelectual y conceptual
de los argumentos potencialmente presentables al pueblo cubano que lo motive
a pensar diferente?
¿Qué impide que las veinte mil (20 000) personas que refrendaron con su
firma el Proyecto Varela salgan a la luz pública y dejen de vivir
permanentemente en el anonimato?
¿Cómo sacar del conciliábulo interno y eternamente conspirativo los
argumentos –que pueden resultar contundentes- frente a las sistemáticamente
desgastadas versiones ofrecidas en las diferentes instancias oficiales?
Si bien es bueno graficar la acción pintando consignas en muros o llevando a
cabo riesgosas protestas, me parece que pudiera ser bien sensible actuar a
partir de los subterfugios demagógicos gubernamentales dados a conocer en la
propia prensa en cientos de cartas, quejas y denuncias; no para rebasar la
cantidad de lo cuantitativa y cualitativamente publicable por los
amanuenses cubanos al servicio del gobierno. Allí está la semilla de la
inconformidad que debe hacerse prosperar y sería bueno que los disidentes se
dedicaran a registrar las direcciones de quienes remiten esas quejas para
demostrarles la imposibilidad intrínseca de resolverlas a partir de la
gestión de un gobierno ineficaz.
Si algo es real en un país como Cuba es eso de que allí todo es política,
en consecuencia llegar a la demostración de la ineficacia de este corolario,
no sólo es posible sino también factible. Pido excusas y ofrezco mis
respetos a los que piensen diferente, pero estoy convencido de que esa labor
que no genera tanta imagen y que suele tener lugar donde no puede apreciarse
es, sin embargo, la más importante. Allí pudiera estar la respuesta al por
qué no hay asonadas populares en Cuba y a algunas de las preguntas que ya
esbocé. El argumento del terror gubernamental que se conoce, está siempre
muy a mano y es real, pero no es posible catapultarlo a la omnipresencia;
eso es precisamente lo que quieren los que por su intermedio se representan
y benefician.
Ha llegado el momento de deslindar los campos y de saber cuántos y cuan
fuertes son ellos para poder evaluar en qué y en dónde radican nuestras
posibilidades reales de superarlos. Creo que sin la inclusión del argumento
ideológico, nuestra batalla no debe ser de ideas, pero si contra la
ideología que bajo el disfraz de las ideas se convierte en instrumento de la
mentira y la demagogia. Si no resulta posible entender y superar los
errores, no sólo estaremos aceptando la superioridad del enemigo sino
también nuestra propia incapacidad aún en el plano del intelecto para
contribuir involuntariamente a que los herederos del castrismo tengan la
posibilidad de convertir en sus víctimas a sus propios coetáneos.
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