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ALGO
QUE DEBE DECIRSE.
Prof. José A.
Arias.Agosto 23, 2009
En lo tocante a los hechos que
se generan alrededor de la ya larga historia de exabruptos y vicisitudes
morales y materiales por las que atraviesa mi país, Cuba, aparece de nueva
cuenta lo que algunos han definido como una gran polémica: el “Concierto por
la Paz” que el cantante colombiano Juanes dará en La Habana el próximo 20 de
Septiembre conjuntamente con otros artistas de proyección internacional.
Desde mi punto de vista, la “polémica” la hemos creado los que damos pábulo
a la estrategia de nuestro único y tradicional enemigo: el gobierno cubano,
siempre presto a situarnos en posición de frustrados perdedores.
Recientemente escuché a un periodista, cuyos juicios analíticos me parecen
muy acertados, expresar su opinión sobre el tan llevado y traído argumento
noticioso, que si alguna virtud ha tenido, fue la de desmantelar y hacer
desaparecer de los primeros planos locales los permanentes movimientos del
señor Manuel Zelaya por el continente. La conclusión sobre el asunto de
Juanes es muy sencilla: es un joven cantante de 37 años cuyo afán idílico ni
está a tono con los años de la guerra fría, ni tampoco con los propósitos
propagandísticos de los que ahora le utilizan; ahí está la lógica de los
débiles argumentos que exhibe a la hora de responder preguntas hechas por
periodistas que en su argumentación van más allá de la neutralidad esperada.
El comentarista de referencia decía que todo el problema radica en el origen
de la posición asumida por Juanes; él estima que dar un concierto “por la
paz” en Cuba y en la Plaza de la Revolución representa un elemento de
acercamiento entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos enemistados por
circunstancias harto conocidas y que desde el punto de vista de los que
pertenecen a su generación conforman una historia de tiempos pasados. Me
atrevería a predecir que su discurso –por llamarle de algún modo- tendrá
como bandera la importancia de la identificación entre pueblos hermanos de
jóvenes que aman la paz y la vida y cuya esperanza está puesta en un futuro
en el que puedan conseguir sus aspiraciones. Eso parece justo, sin embargo,
otra cosa es la que piensan los tiranos y sus secuaces; que ni son jóvenes,
ni tienen futuro. Los que ni tan viejos y con obvias expectativas de tiempo
se encaraman en los hombros de sus pueblos para trepar al poder, no son
amantes de la paz. Habría que preguntarle al presidente de Venezuela quién
es su cantor preferido, Juanes o Alí Primera y si detrás de su “paz
antiyanqui” no hay una fuerte inversión de más de 4500 millones de dólares
en armamento adquirido a contrapelo del posible pacífico uso que le hubiera
sido dable a esta cantidad si las intensiones fueran otras. Yo no voy a
gastar tiempo en argumentar en torno a las falaces razones que se dan para
justificar y esconder los verdaderos propósitos. Todo el que ha vivido o
conoce la historia del último medio siglo cubano, sabe que se trata de lo
que musicalmente y a tono con lo que nos ocupa, suelen llamar ahora un
“re-mix”.
De manera que, conforme a la lógica más elemental; cuando se parte de
premisas equivocadas se conseguirán siempre resultados erróneos. Juanes ha
percibido indirectamente los efectos de la propaganda del régimen cubano,
algunos le culpan por eso y agregan que vivir en Miami debería bastarle para
saber lo que sucede ciertamente en Cuba. Una vez más tendríamos que recordar
nuestra ineficacia –me refiero a los que estamos de este lado, los de allá,
no cuentan mucho al respecto-para convencer a otros de la justicia de
nuestros presupuestos, algo que hubiese sugerido llevar a cabo una labor
casi pedagógica y que en muchos momentos hemos dejado de lado para imponer
la soberbia matizada de una concomitante y deleznable ignorancia en el afán
de satisfacer la idolatría de una falsa justicia. No debe olvidarse que
poner en práctica los métodos que el enemigo utiliza para denostarnos y
menoscabar nuestra presencia es coincidir con él en sus objetivos. La
justicia y la moral son por excelencia términos de una connotación genérica
y ortodoxa en su aplicación, en consecuencia ninguna de las dos pueden ser
parcialmente aplicadas a través de voluntades redomadas y de soslayo. A
pesar de estar aquí en Miami, Juanes no es “uno de los nuestros” como
algunos quisieran considerarlo; es un cantante internacional, sin otros
presupuestos que incrementar su popularidad para seguir vendiendo sus discos
y que de alguna forma le consideren sensibilizado con ciertas problemáticas
sociales que le identifiquen y lo acerquen a las masas de las que se
alimenta su popularidad y de la que el exilio cubano de Miami es para él una
parte aleatoria, esa es la realidad.
Pero si Juanes y sus compañeros de viaje forman parte de éste grupo
atormentado por la paz y su imperiosa necesidad mundial, debían comprender,
eso sí, al menos que no siempre son escogidos los mejores escenarios para
validar sus principios. Llama la atención el énfasis puesto por Cuba a
través del vocero-juglar Silvio Rodríguez que se ha encargado de reforzar el
argumento de que el concierto sería una buena oportunidad para estrechar
lazos de amistad y paz entre los pueblos de Cuba y Estados Unidos, ese
planteamiento dentro de Cuba, quiérase o no, tiene eco porque parte del gran
engaño en el que vive y ha vivido la población durante años radica en
hacerles creer que “la culpa de todo la tiene el imperialismo”. No es menos
cierto que ya son bastante menos los que se creen el cuento, pero para los
“cantores de la revolución” sigue siendo argumento de permanente exposición
expresar que es así haciendo uso de un arte tendencioso y oficialista con el
que Juanes no debería comulgar. Darle tribuna al oficialismo castrista desde
una tarima en el lugar que ha sido el centro difusor de los más espurios
vectores ideológicos para contaminar y hacer vivir un país en la irrealidad
de una penosa y triste fantasía, es sin dudas un pecado político.
Como algunos han expresado, aquí lo importante no es dejar de cantar, al
final muchos disfrutaran viendo a sus ídolos inconfesos en vivo y en directo,
lo peor es que de seguro muchos habrán de colegir que es un regalo de la
revolución, como en su momento fue la presencia de Juan Pablo II en la misma
Plaza, a donde el pueblo acudió circunstancialmente en calidad de obediente
y creyente grey a homenajear a su pastor mientras Castro, sentado en primera
fila, no dejaba de ser el gran hacedor de aquella extraña coyuntura. Castro,
que nunca le han interesado mucho los cantores y que por otras razones, no
estará allí; le dejará la tarea esta vez a sus inefables gestores de la
cultura popular y revolucionaria. Estimado y apreciado señor Juanes,
comprendo sus intenciones, no las catalogo de malsanas, se ha ganado usted
una gran reputación como artista y no la va a perder por cantar en mi país,
es más le pido excusas en mi nombre si la acción de alguno de mis
compatriotas le ha puesto en vilo; pero a la vez le conmino a que en sus
momentos de meditación se haga una pregunta: ¿se sentirá usted realmente
libre de expresar lo que piensa en Cuba, delante de los que irán a
aplaudirle como muestra de su afecto hacia usted?. Si su respuesta es
afirmativa entonces hable de la libertad en la que estoy seguro que usted
cree. De no ser así, su viaje no habrá sido en vano, habrá aprendido lo que
sienten mis compatriotas cuando tienen que callar por una razón tan
incompatible con la libertad como el sentimiento del miedo. Quizás a su
regreso entenderá mejor porque tantos de nosotros estamos aquí sin
posibilidad de ir a nuestra tierra sino estamos dispuestos a mentir por
terror y cobardía.
El tiempo transcurrido, y todo lo que en Cuba ha quedado trunco, pospuesto o
cancelado por falta de libertad en todos los órdenes, no es el resultado de
la cacareada querella entre David y Goliat sino más bien la consecuencia de
la gestión de un gobierno tiránico y totalitario, quiérase o no, único
culpable de que su concierto sea óbice de una gran polémica; en
circunstancias normales nada de lo que sucede estaría aconteciendo. El
epicentro del problema está allí, donde la represión es la palabra de orden.
El dilema de la nación cubana es entre el pueblo y sus gobernantes incapaces
de permitirles, precisamente, vivir en paz, para poder no solo cantar, sino
también decir lo que quieran y piensen.
No quiero concluir sin traer a colación unas palabras del poeta y escritor
cubano Virgilio Piñera, a quien citó a su vez otro periodista, y que me
parecieron geniales y gráficas: “…si Kafka –dijo Piñera- en vez de ser
considerado un escritor del absurdo, hubiese vivido en Cuba revolucionaria,
habría tenido que ser considerado un escritor costumbrista…”. Para quien
como Juanes, según imagino, desconoce quien fue Piñera y como terminó su
vida en manos de los gestores de la cultura oficialista –que siguen siendo
los mismos, ¿o no?-les conmino a que se acerquen a la historia, bastante
reciente, por cierto.
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